Marruecos, donde los judíos todavía influyen

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Marruecos, donde los judíos todavía influyen

Mensaje por Merce el Lun 26 Ene - 17:09

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-25-01-2009/abc/Opinion/marruecos-donde-los-judios-todavia-influyen_912682087512.html
Marruecos, donde los judíos todavía influyen



TEXTO Y FOTOS: LUIS DE VEGA. CORRESPONSAL EN RABAT

25-1-2009 12:14:13



El conservador del Museo Judío de Casablanca, Simon Levy, en una de las salas

Rachid responde al timbre despacio pero sin demora. Abre la cancela de hierro y deja pasar al periodista. «¿Viene usted a buscar a algún familiar?».
No. No es esa la razón, pero el hombre acompaña al reportero entre el mar de tumbas mientras su mujer, encorvada como una alcayata, lava verduras y tiende ropa delante de su casucha, con los muertos en el umbral. Apoyado en su bastón, que también emplea de puntero cada vez que explica algo, Rachid habla de ilustres personajes con los que lleva conviviendo medio siglo, el tiempo que lleva guardando uno de los dos camposantos judíos de Rabat. «¿Musulmán? Claro que soy musulmán. No pasa nada», contesta con el sol del atardecer.
La que hoy es tierra dominada por árabes musulmanes fue hace siglos asiento, entre otros, de judíos de tribus bereberes. Y muchas de las familias con solera magrebí descienden de los judíos expulsados de España a finales del siglo XV. La mayoría de ellos sobrevivieron en una sociedad rural, aunque muchos se integraron en núcleos urbanos como banqueros,
cambistas, comerciantes, artesanos, músicos o escritores. Muy pocos eran los llamados a la corte del sultán como consejeros o emisarios para misiones en el extranjero, aunque esa cercanía al poder de una selecta elite se mantiene hasta hoy.
La presencia de hebreos era tan habitual que cuando el viajero francés Charles de Foucauld emprendió en 1883 una aventura por el Marruecos más hostil al sultán lo hizo disfrazado de judío y acompañado por un rabino. Las guerras, las conversiones obligadas, el colonialismo o las oleadas migratorias, sobre todo desde el nacimiento del estado israelí en 1948, no han podido con ellos.
A mediados del siglo pasado había comunidades judías por prácticamente todo el mundo árabe excepto en Arabia Saudí,
aunque la más importante era la marroquí, integrada por unas 270.000 personas. Unos 90.000 partieron entre 1949 y 1956, año de la independencia de Marruecos, primer movimiento migratorio masivo del siglo XX. No fueron ajenos a esta operación los enviados israelíes en secreto para dinamizar el sionismo, lo que no fue visto con buenos ojos
por la población musulmana. Otros 120.000 abandonaron su tierra tras la muerte en 1961 del primer Rey, Mohamed V, del que guardan un buen recuerdo. Ese año varias decenas de judíos murieron al naufragar en
costas marroquíes el barco en el que huían. La última gran migración judía tuvo lugar con motivo de la Guerra de los Seis días en 1967. Se fueron unos 40.000. Ministros y embajadores
En efecto, la mayoría se fueron, como Amir Peretz, nacido en Boujad, que ha llegado a Ministro de Defensa de Israel y líder del Partido Laborista. O como Shlomo Ben Ami, nacido en Tánger, que fue el primer embajador de Israel en Madrid y Ministro de Exteriores. Pero otros se quedaron y, en cuanto a estatus e influencia, no se sienten menos que los que marcharon. Quizás el caso más conocido sea el de André Azoulay, poderoso consejero de Hasán II, que lo sigue siendo con Mohamed VI desde que éste sucedió a su padre en 1999, pero hay también ministros y embajadores.
Son pocos, entre 5.000 y 6.000 en todo el país, pero el apego a la patria -que no es Israel- es fuerte sin menoscabo de su
religión -que no es el Islam-. Por eso, los judíos de Marruecos conforman «todavía, a pesar de las tremendas pérdidas, la mayor comunidad hebrea del mundo árabe», señala Simon Levy, director del Museo del Judaísmo de Casablanca y secretario general de la Fundación del Patrimonio Cultural Judeo-marroquí. «Podríamos irnos, pero no tenemos esa intención», añade Levy aferrándose a un Marruecos plural en lenguas (árabe, bereber, francés o español) y religiones (musulmanes, judíos y unos escasísimos -casi clandestinos- cristianos).
«¡Soy marroquí y no israelí!», dejó claro hace unos meses a la revista «Tel Quel» de Casablanca el secretario general del Consejo de Comunidades Israelitas de Marruecos (CCIM), Serge Berdugo, que es ex ministro y actual embajador itinerante de Mohamed VI. «Somos marroquíes y judíos desde hace 2.000 años», apostilla Levy.
Lejos quedan, sin embargo, los años en los que la ciudad de Sefrú abrigaba al mismo número de musulmanes que de judíos. Ahora los pocos que decidieron quedarse se han instalado en la vecina Fez, que ya no es la capital hebrea del país, o en otras ciudades del reino, donde a excepción de Casablanca las comunidades apenas se mantienen en funcionamiento.
Apenas cien sobreviven en Tánger, casi todos de avanzada edad. Esther Hadad, de 76 años, mantiene la autoescuela «París» desde hace 55 años. Aunque recientemente ha sido desalojada de su local de forma «algo racista»
reconoce que «los hebreos aquí vivimos bien. No nos molestan, tenemos la nacionalidad y los mismos derechos».
Y en esa urbe del estrecho de Gibraltar se aferra también contra el paso del tiempo el jaquetía (o «hakitia»), un cóctel «muy gracioso -dice Esther- de castellano viejo» con algo de hebreo y árabe empleado sobre todo por los sefardíes de las ciudades del norte de Marruecos. Ángel Vázquez, español que vivió en Tánger y que obtuvo el premio Planeta en 1962,
lanzó un flotador a este náufrago lingüístico con su obra «La vida perra de Juanita Narboni», donde la protagonista, buena conocedora de la realidad judía de esa ciudad a mediados del siglo XX, recurre al calendario hebreo y al jaquetía con frecuencia.
La capital económica, con unos 3.000 judíos, ha pasado a monopolizar prácticamente la actividad de esta comunidad, aunque las fiestas del calendario hebreo son una buena ocasión para que por todo el país se revivan tiempos pasados y hasta se reciba a algunos de los que emigraron.
Casablanca mantiene en funcionamiento una veintena de sinagogas, el citado museo, varias escuelas en las que se forman cerca de un millar de alumnos -judíos o no-, centros de asistencia para mayores y otras obras médico-sociales, carnicerías kosher o cementerios. Varios de esos lugares -un antiguo cementerio y un restaurante- fueron dos de los objetivos de los atentados terroristas del 16 de mayo de 2003, que causaron cerca de 40 muertos. Unos meses después, tras los ataques del 11-M en Madrid, la catedral cristiana de Rabat acogió un acto multirreligioso celebrado de la mano por musulmanes, cristianos y judíos. Asistió el Gobierno marroquí en pleno, en un momento en que se consideraba especialmente necesario separar la violencia terrorista del credo religioso.
Durante el reciente ataque de Israel en Gaza, las calles marroquíes han sido escenario de protestas en las que se han pisoteado, escupido y quemado la bandera israelí. Aunque no era la ira de los judíos locales la que se expresaba de esta manera, el Consejo de Comunidades Israelitas de Marruecos sí dejó claro por medio de un comunicado que estaban en contra de la matanza que se estaba llevando a cabo en la Franja. «Las imágenes de esos niños palestinos a los que les
han arrancado la vida son insostenibles». «Nosotros, judíos marroquíes, nos solidarizamos con las víctimas inocentes de Gaza y otros lugares».
Levy reacciona airado sin embargo al ser preguntado por las acusaciones contra Tel Aviv de «genocidio» y responde mientras tira sus gafas sobre la mesa del despacho. «Mire, lo de Gaza es una matanza horrible y no podemos aceptarlo como judíos, pero genocidio fue la muerte de cinco millones de personas por los nazis».
En el restaurante judío «La menorá», en el centro de Rabat, su gerente, Jaime Crispín, afirma que no ha habido presión sobre ellos durante los ataques en la Franja. Este hijo del que fuera presidente en los años sesenta de la comunidad
hebrea de Alcazarquevir, ciudad del antiguo protectorado español, destaca la «dafina», el plato por excelencia de la cocina judeomarroquí que se consume durante el «shabat», como nexo de unión con la cocina «fassi» (de Fez) y marroquí en general. «Lleva patatas, huevo, garbanzos, carne... Son muchos de los alimentos en común». En el local entra todo tipo de clientela sin importarle la titularidad del dueño ni el candelabro de siete brazos que lucen sus vidrieras. Comunidad que se evapora
Pero, más allá de su negocio, Crispín reconoce que la vida de comunidad se está evaporando porque cada vez van quedando menos. Aún no tiene seguro que su hijo vaya a celebrar el próximo verano, cuando cumpla los 13 años, su «bartmizva» (rito similar a la primera comunión) en los salones adyacentes a la única sinagoga que queda abierta en la capital, pues la del «mellah» cerró recientemente. Los locales del enorme edificio caen cada vez más en desuso.
Nadie quiere hablar sin embargo de un declive definitivo de la presencia de los judíos en el reino alauí. Simon Levy, que además de judío de peso es un histórico comunista, saca pecho. «Soy un viejo de 75 años y me voy a quedar donde
vivo y he luchado, un pueblo abierto y tolerante pero que no ha tenido mucha suerte en el modo de ser dirigido en sus primeros cincuenta años de independencia».

Merce

Femenino
Nombre de messages : 537
Age : 71
Localisation : Perth Australia
Date d'inscription : 29/03/2008

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.